Carta de Mons. José María Ortega Trinidad, obispo de la prelatura de Juli, recordando al P. Narciso Valencia Parisaca, a un mes de su fallecimiento.

Martes, 25 de abril de 2017

Muy estimados sacerdotes y todos:

Estoy seguro que todos estamos sintiendo el inmenso dolor por la pérdida de un hermano sacerdote. Esto nos lleva a estar muy unidos entre nosotros, con sus familiares de sangre y sus amistades, en concreto a sus hermanos Irene y Víctor, con quienes hablé dándoles el pésame y animándoles que ofrezcan a Dios esta pérdida irreparable, cual es, el fallecimiento de su hermano sacerdote Narciso.

Visión sobrenatural

Si vemos todos estos acontecimientos con una visión puramente humana es difícil comprender. Pero con una visión sobrenatural –aunque no por eso deje de costarnos– hemos de aceptar la voluntad de Dios. Él sabe hacer mejor las cosas, pues nos dice la Sagrada Escritura: “Bienaventurados los que mueren en el Señor; sí, dice el espíritu, para que descansen de sus trabajos, pues sus obras los acompañan” (Apoc 14, 13).

¿Y cuál es el sentido de la muerte de nuestro querido sacerdote Narciso? Nos responde San Pablo: “Sabemos que, si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por manos de hombres, eterna, en los cielos” (2 Cor 5, 1).

El sacerdote no se salva solo. Se salva con muchos o se pierde con muchos. Y confiando en la misericordia de Dios y en su infinita sabiduría, consideramos que el Señor ha tenido en cuenta –para el encuentro final– la entrega fiel de Narciso a la vocación sacerdotal y todos los frutos de un sacerdocio de muchos años. El Señor que “nunca se deja ganar en generosidad”, verá y sopesará todos los sacramentos realizados para hacer hijos de Dios y mantener en la gracia divina a muchísimos fieles del pueblo de Dios.

Propósito concreto

Esta imprevista y sorpresiva –a los ojos humanos– de la muerte de nuestro queridísimo sacerdote Narciso, nos urge rezar para que haya abundantes, buenas y santa vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales.

A los que quedamos nos debe ayudar a corresponder mucho más a aquel nos llamó desde toda la eternidad. En efecto, tengamos en cuenta estas palabras: “Que tu vida no sea una vida estéril: ¡Sé útil!, ¡deja pozo! Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” (Camino, 1).

La ausencia de un sacerdote nos anima a poner más el hombro. Deja un vacío que se debe llenar con el trabajo, el ejemplo, la fraternidad, fidelidad y más entrega a Dios y a la Santa Madre Iglesia una, santa, católica y apostólica.

Preparados ante la última llamada

La experiencia cercana de la presencia de la muerte, nos ayuda a prepararnos para el día que nos toca. No somos eternos. “Pues sabemos que, si la tienda de nuestra mansión se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por manos de hombres, eterna, en los cielos” (Cor. 5, 1). Pero siempre hemos de tener en cuenta lo que nos dice la sagrada escritura: “No te presentes ante el Señor con las manos vacías” (Eclo. 33, 6; Ex 23, 15).

Fraternidad demostrada

Agradezco de todo corazón a todos los que han estado muy cerca desde las primeras horas del accidente: a los familiares (Víctor e Irene), sacerdotes de nuestra prelatura (Clemente, Inar, Pedro, Miguel y otros) y amistades. Seguramente en estos días estarán muy cansados y como dolidos por el deceso de nuestro hermano.

Esto me trae a la memoria aquellas palabras de un libro sapiencial: “Un hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada” (Pr. 18.19). Ellos han estado pendientes de todo, dejando sus trabajos y deberes. Dios es bueno e inmenso pagador, por nuestras pequeñas labores.

Agradecimientos y reflexión final

Deseo agradecer igualmente por las muchas oraciones y condolencias recibidas de obispos, sacerdotes, religiosas, amistades y muchísimos fieles.

Una reflexión que nos puede ayudar a todos es que no podemos perder el tiempo, que es muy breve. Por eso, hemos de ser más generosos y más leales con Dios. Convenzámonos que el tiempo que todavía tenemos en nuestras manos es corto para amar, para dar, para desagraviar (Cfr. San Josemaría Escrivá, Hoja Informativa, p. 4). No tengamos miedo a dar la vida, a morir cada día siendo sacerdotes de verdad, llevando la cruz que nos toca con garbo y alegría.

Personalmente pedirle y rogarles, con toda el alma y corazón, que no dejen de ofrecer la Santa Misa, las veces que puedan, por el eterno descanso de su alma. ¡Gracias!

Que la Virgen de Guadalupe acoja a nuestro sacerdote Narciso en su manto para presentarlo ante su Hijo Jesús. Así sea.

Mons. José María Ortega Trinidad

Obispo Prelado de Juli