(Prelatura de Ayaviri, abril de 2013) En horas de la tarde se celebraron los Oficios de la Pasión en la Catedral de Ayaviri. Mons. Kay Martín presidió la celebración en la que estuvo acompañado del párroco de la Catedral, R.P. Miguel Coquelet. Luego de la celebración que contó con gran participación de fieles tuvo lugar la procesión del Santo Sepulcro por las calles de la Ciudad.

A continuación la homilía de nuestro Pastor: Queridos hermanos, Hoy, Viernes Santo, celebramos la Pasión del Señor. Hoy en la liturgia la Iglesia canta las palabras: “mirad el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo”. En el centro de nuestra celebración destaca el signo de la Cruz. Y la cruz cristiana nunca está sola. En ella encontramos al Salvador del mundo, Jesucristo. Con los brazos abiertos y el corazón traspasado nos espera. Desde la cruz reina glorificado y nos dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Los cristianos año a año veneramos la cruz santa, Para nosotros es la señal del amor de Dios. Ella arroja luz sobre nuestra vida; en especial sobre realidades como el sufrimiento, el dolor y la muerte. En la antigüedad la cruz más bien era un instrumento de tortura; se condenaba con ella a los criminales. Para la gente hoy en cambio hablar de cruz es locura, absurdo. La cruz se ha convertido hoy en día en escándalo y hay varios países en que de hecho se quiere quitar o se ha quitado ya la cruz cristiana de los espacios públicos. Hoy todo lo que tiene reminiscencia a la esencia del crucificado – sacrificio, renuncia de sí, sufrimiento, muerte como ofrenda por los demás – se ve como una ofensa a la sensibilidad laica, una molestia o carga fastidiosa. Todo esto, por supuesto, se da en medio dela locura de una cultura y tendencias que por el contrario enaltecen el confort, el bienestar y el hedonismo. Nos hemos creado falsos modelos de hombres y mujeres en los que realmente llegamos a idolatrar cosas como la frivolidad, el placer por el placer, la pose trivial de la indiferencia ante las necesidades del prójimo. Lo que se exalta es el ego: “solo yo importo”. Entre nosotros mismos encontramos esa avidez de ser parte de la sociedad del entretenimiento y consumismo. La norma suprema es gozar. Y el disfrute tiene que ser cada vez más inmediato, más duradero y su intensidad ir siempre en aumento. Pero todo esto es muy extraño y de hecho nos encontramos ante una enorme paradoja. Porque en medio de esta carrera alocada del derroche y la frivolidad comienzan a aparecer otras cruces. Claro que son cruces muy distintas, terribles, de hecho son cruces trágicas, porque son cruces sin Dios, sin un Salvador. Veámoslo más de cerca: hoy, en nuestro mundo de bienestar hay más pobreza que nunca. Hay más niños desamparados que nunca. Hay mayor número de ancianos abandonados que nunca. Hoy se mata más que nunca. Durante el siglo XX se estiman que hubo 160 millones de muertos solo por guerras. Solo el año pasado hubo 23 países en guerra o conflictos armados. Y están esas cruces terribles levantadas sobre millones de mujeres y su maternidad; solo dos ejemplos: 330 millones de abortos en la China en los últimos 40 años. 50 millones de abortos en Estados Unidos. Son las cruces escondidas del holocausto silencioso de los niños abortados que nunca vieron la luz del día. Y luego están esas otras cruces tristes de las que muchas veces no hablamos: la gente no se siente satisfecha con su vida ni en su interior. Se tiene de todo, pero hay gigantescos desiertos de desesperación en el alma de millones de hombres y mujeres. Ya en los adolescentes encontramos esas miradas perdidas, sin un sentido en la vida. Cuántas personas angustiadas por falta de amor, que se sienten tratados como cosas y no como sujetos con dignidad. Y las enfermedades psiquiátricas revelan cada vez más los procesos de deshumanización del mundo moderno. Sí, allí estan esas otras cruces sin Dios. En nuestro mundo que aparenta estar tan bien de verdad que hay mucho de mentira e hipocresía. Y allí donde prosperan la mentira y la falsedad está presente el reino del demonio, el reino del mal. Ahora bien, aquí estamos al pie de la cruz. ¡Qué paradoja! Año tras año los cristianos nos ponemos bajo la luz de su mirada. En realidad, aunque parezca una locura decirlo, la cruz cristiana – todo lo contrario a las falsas promesas del mundo – ilumina, nos humaniza, nos abre a la felicidad verdadera. Y para que quede más claro les pongo algunos ejemplos. En la cruz de Cristo, por ejemplo, contemplamos el amor verdadero que da, que simplemente se entrega generoso – sin reserva – y no espera nada a cambio. Vemos el amor de Cristo, que con una grandeza sin igual asume la responsabilidad sobre cada uno de nosotros y paga con su sangre el precio de nuestro rescate. Otro ejemplo: los brazos abiertos de la cruz nos hablan de la bondad y misericordia del Padre de Jesucristo. Nos dicen: Dios es siempre fiel. “Él siempre te espera”. Y los cristianos tenemos la certeza de que no hay pecado tan grave que nos cierre las posibilidades de volver a Él. No tiene límites el perdón de Dios; no pone límites tampoco a su paciencia. Aún el pecador más hundido puede acogerse al árbol de la cruz y encontrar alivio, perdón y paz en sus brazos, que son los del Padre. Otro ejemplo: en la cruz de Cristo encontramos la esperanza cristiana. Ella grita al mundo de hoy que los innumerables sufrimientos humanos por atroces que sean no tendrán nunca la última palabra. Que Dios quiere sacar y de hecho saca de los males bienes mucho mayores. Sólo Él puede hacer esto. Proclama a los cuatro vientos que el hombre sufriente no está solo; que en la cruz Jesucristo se solidariza con cada uno de nosotros, y en tu dolor te dice: “Aquí estoy”. Y él mismo convierte nuestras angustias, nuestros temores o inseguridades en ocasiones para regalarnos abundantes gracias espirituales. En resumen: la cruz de Cristo da sentido a toda nuestra vida. En ella aprendemos tantas veces el valor redentor también de nuestro perdón ofrecido incluso al enemigo; que hay mucha mayor alegría en dar que en recibir; que el esfuerzo aunque exigente por vivir la virtud, la honestidad, la veracidad en la palabra y las obras, es a la larga mucho más gratificante que el facilísimo de ceder a los vicios que nos corrompen y rebajan, pues nos recompensan con una conciencia en paz. Que la mirada egoísta por solo mis intereses y mi pequeño mundo me dejan solo; en cambio la generosidad desinteresada de cuidar del prójimo, de servir y hacer el bien abre el corazón de los demás. Y termino con esto: en el viernes santo y por toda nuestra vida cristiana destaca la cruz. Es la cruz de Cristo. Mirémosla con paz, con gratitud y amor. La cruz cristiana trae salvación, porque nos une a Cristo Señor. Podemos decirle hoy cada uno al Señor: “por tu cruz Señor, nos llevas a la luz”. Y podemos mirar también nuestras propias cruces sin miedo; las que nos toca llevar cada día. No les tengamos miedo. Dejémonos acompañar en ellas por Jesús. En los momentos oscuros o difíciles Él está a tu lado. Las cruces de los cristianos son una gracia, una bendición. Y son también mucho más ligeras. Son más ligeras porque no la cargas solo. Jesús la carga contigo y al hacerlo, Él mismo carga contigo, con toda tu persona. Amén.

Extraído de la página web de la Prelatura de Ayaviri (http://www.prelaturaayaviri.org/index.php?option=com_content&task=view&id=2720&Itemid=1).