Nuestra patria, el Perú, se acerca con la celeridad propia de la época actual, a cumplir el bicentenario de su independencia. Ahora estamos próximos a celebrar el 195° aniversario de este hecho importante que implica –o ha de implicar- desarrollo, paz, salud y concordia, para nosotros, varones y mujeres nacidos en estas tierras.

Al hacerlo, tomamos conciencia de que un gran número de habitantes del Perú hemos ido recibiendo –desde algunos siglos antes de la Independencia, gracias a la evangelización-, un don que no es incompatible  con el amor a la patria, con la virtud del Patriotismo; un don que continúa dándose hasta hoy de manera dinámica, y  es el de la fe teologal, infundida en el alma de las personas, al recibir el primer sacramento de la Iglesia Católica: el Bautismo. Por él recibimos la mayor de las riquezas, la de ser cristianos, otros cristos, ungidos como Él, profetas, reyes, sacerdotes, con la noble misión de enseñar, servir, santificar.

Esta realidad invisible, pero palpable,  conlleva obligaciones morales y jurídicas[1], no discrimina a las personas de otras creencias y está  aunada al hecho de haber nacido en esta nación peruana por lo que podemos comprender nuestra condición humana-terrena de ciudadanos, y con ello, el interactuar de la convivencia de nuestros pueblos.

Patriotismo en la propia vida

Por ello recordemos que “el patriotismo es la virtud que lleva a buscar el bien de la comunidad nacional a que pertenecemos, preocupándonos de cumplir nuestros deberes cívicos.

Esta virtud implica:

  1. a) el respeto a la autoridad competente y a la memoria de los hombres beneméritos de la patria;
  2. b) el amor de predilección hacia la propia tierra;
  3. c) la obediencia a los mandatos legítimos de las autoridades;
  4. d) la participación-en la medida de las posibilidades-en la vida ciudadana, a través de las personales aportaciones y cumpliendo los deberes cívicos.[2]

Al aprender esto, hemos de seguir nuestro itinerario, el  incoado ya por nuestra patria  aquel 28 de julio de 1821, y que debemos empezar en cada uno de nosotros por la defensa de la vida y de la familia, por la propia vocación; siendo esta última, la que, al descubrirla y seguirla, nos brindará  el gran aporte personal, que cada uno  ofrezca para forjar nuestra nación. No podemos hacer todo el bien, pero hay un bien que si no hacemos quedará por hacer. Basta ya de espectadores pasivos, necesitamos activos protagonistas, aquí y ahora, de nuestro Perú.

En este proceso, la educación ha de impulsar una cohesión sana, solidaria y fraterna entre los hombres, que diseminados por todo nuestro territorio, se van forjando, el propio ámbito profesional y social, en cada región de nuestra patria, en comunicación con el resto del mundo globalizado.

La Iglesia Católica entre sus enseñanzas, nos recuerda en favor de la persona humana, que no es lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino considerar que su cuerpo es bueno y digno de honra porque ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último día[3]. Sin embargo aquí se presenta una fuerza antagónica en todo hombre, en la sociedad mundial, y por ende también en la nuestra: que la raza humana herida por el pecado de origen, experimenta las rebeliones del cuerpo (…) indicando como contrapartida, que la propia dignidad del hombre pide que se glorifique a Dios en su cuerpo y no permita que esté al servicio de las inclinaciones depravadas de su corazón[4].

Es entonces cuando comprendemos, con nuestra razón iluminada por la fe que Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, ha entrado en el tiempo, en la historia para una misión. “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”[5], ha venido en ayuda de nuestra naturaleza caída, para salvarla del pecado, y ante esto, podemos aceptarlo o rechazarlo como hicieron aquellos por los que vino primero, los del pueblo escogido: “vino a los suyos  y los suyos no le  recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios”[6].

Podemos deducir que el cúmulo de vicios, desordenes morales, miserias humanas, conflictos bélicos entre naciones y otras tristes situaciones afines, son fruto de la soberbia del hombre, que le lleva a la negación de Dios y de sus mandamientos, frutos de su amor misericordioso; de que en la sociedad se quiere expulsar a Aquel de quien procedemos y que es el único que puede ordenar nuestra existencia.

El remedio para nosotros los hombres- en nuestra patria y en el mundo -, será dar un giro bueno, radical y constante; siguiendo una actitud de escucha atenta a la Palabra de Dios, para humanizarnos y convertirnos, con una obediencia que nos lleve a Jesucristo, Redentor del hombre, siendo así liberados por la Verdad que es Él[7].

Un ejemplo universal de patriotismo para nuestra realidad

La misión universal – es decir, Católica- de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo[8]  y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad[9].

Dentro de los que mejor han acogido este anuncio de salvación y han dejado “huellas profundas de virtud” en la historia, han estado los Santos. Comenzando por los dos más conocidos: santa Rosa de Lima y san Martín de Porres, y siguiendo por quien los confirmó, Santo Toribio de Mogrovejo, quien confirmó a más de un millón y organizó nuestra Iglesia del Perú con sus concilios, sínodos y sobre todo con sus visitas misioneras. No podemos olvidar a san Juan Macías, amigo de san Martín y al gran san Francisco Solano que tanto nos recuerda a San Francisco de Asís. Y no podemos por menos de recordar a los recientes beatos, los mártires de Chimbote, que dieron su vida por Cristo como signo de reconciliación en una sociedad crispada por el odio y el terror.

Cito aquí, por la catolicidad y por ser –también como nuestros santos peruanos- un ejemplo de Patriotismo con alma; a una mujer, nacida entre Francia y Lorena, en un poblado llamado Domremy, canonizada por el Papa Benedicto XV en 1920[10], esta figura es: Santa Juana de Arco.

Su llamado

Su vida transcurrida de 1412 a 1431, estuvo marcada por la docilidad al Señor, ya que por sus propias palabras sabemos que la vida religiosa de Juana madura como experiencia mística a partir de la edad de 13 años. A través de la «voz» del arcángel san Miguel, Juana percibe que el Señor la llama a intensificar su vida cristiana y también a comprometerse en primera persona por la liberación de su pueblo[11].

Estos datos que nos brindaba para edificación nuestra, el ahora Papa emérito Benedicto XVI, son iluminadores, pues se sabe que todo lo que viene de Dios, si es de Él pasa por el examen serio, de estudio y oración por parte de la Jerarquía de la Iglesia, para comprobar su autenticidad.

Santa Juana de Arco en el año 1429, inicia su obra de liberación en favor de su patria; con tan sólo 17 años, como una persona muy fuerte y decidida; superando todos los obstáculos, se encuentra con el Delfín de Francia, el futuro rey Carlos VII, que en Poitiers la somete a un examen por parte de algunos teólogos de la universidad. Su juicio es positivo: no ven en ella nada malo, sólo a una buena cristiana[12].

Con ello también se dan cuenta de los dones morales y espirituales de los que la ha dotado Dios  para una misión política Lo señala la respuesta firme de su «sí», con el voto de virginidad, con un nuevo compromiso en la vida sacramental y en la oración: participación diaria en la misa, confesión y comunión frecuentes, largos momentos de oración silenciosa ante el Crucifijo o la imagen de la Virgen.[13]

Su acción

La “Valiente” como la llama Mark Twain en su libro[14] afrontó dos momentos importantes en su actuar político señalados por Benedicto XVI: primero el 22 de marzo de 1429, Juana dicta una importante carta al rey de Inglaterra y a sus hombres que asedian la ciudad de Orleans. Su propuesta es una paz verdadera en la justicia entre los dos pueblos cristianos, a la luz de los nombres de Jesús y de María, pero es rechazada, y Juana debe luchar por la liberación de la ciudad, que acontece el 8 de mayo. El otro momento es la coronación del rey Carlos VII en Reims, el 17 de julio de 1429. Durante un año entero, Juana vive con los soldados, llevando a cabo entre ellos una auténtica misión de evangelización. Son numerosos sus testimonios acerca de la bondad de Juana, de su valentía y de su extraordinaria pureza[15].

Su patriotismo está fundado en una obediencia a la fe, apoyada en la plegaria intensa “y cumpliendo fielmente sus obligaciones civiles”[16], elementos perfectamente unidos.

Su Martirio

La pasión de Juana comienza el 23 de mayo de 1430, cuando cae prisionera en manos de sus enemigos. El 23 de diciembre la llevan a la ciudad de Rouen. Allí tiene lugar el largo y dramático Proceso de condena, que se inicia en febrero de 1431 y acaba el 30 de mayo con la hoguera[17].

Los dos jueces eclesiásticos que la procesan eran franceses, y habían hecho pacto con los borgoñones, linaje del que procedían los de la casa real de Inglaterra[18]. Además señalaba el Papa Ratzinger, acerca de este Proceso de condena, que se daba por una supuesta postura de herejía, que estaba enteramente dirigido por un nutrido grupo de teólogos de la célebre Universidad de París, que participaban como asesores.

Este proceso es una página desconcertante de la historia de la santidad y también una página iluminadora sobre el misterio de la Iglesia que, según las palabras del concilio Vaticano II, es «a la vez santa y siempre necesitada de purificación» (Lumen gentium, 8).  Continua enseñando Benedicto XVI: Vienen a la mente las palabras de Jesús según las cuales los misterios de Dios son revelados a quien tiene el corazón de los pequeños, mientras que permanecen ocultos a los sabios e inteligentes que no tienen humildad (cf. Lc 10, 21). Así, los jueces de Juana son radicalmente incapaces de comprenderla, de ver la belleza de su alma: no sabían que estaban condenando a una santa[19].

“La mañana del 30 de mayo, recibe por última vez la santa Comunión en la cárcel e inmediatamente la llevan al suplicio en la plaza del antiguo mercado. Pide a uno de los sacerdotes que sostenga delante de la hoguera una cruz de procesión. Así muere mirando a Jesús crucificado y pronunciando varias veces y en voz alta el Nombre de Jesús.

Juana hizo pintar la imagen de «Nuestro Señor que sostiene el mundo»: icono de su misión política. La liberación de su pueblo es una obra de justicia humana, que Juana lleva a cabo en la caridad, por amor a Jesús. El suyo es un hermoso ejemplo de santidad para los laicos comprometidos en la vida política, sobre todo en las situaciones más difíciles”[20].

Pero Dios que es fiel, y cuya esencia es el amor justo y misericordioso, aclara en las vías ordinarias, como han sido las cosas, de esta forma cerca de 25 años más tarde, el Proceso de nulidad, iniciado bajo la autoridad del Papa Calixto III, se concluye con una solemne sentencia que declara nula la condena (7 de julio de 1456). Este largo proceso, que recogió las declaraciones de los testigos y los juicios de muchos teólogos, todos favorables a Juana, pone de relieve su inocencia y la perfecta fidelidad a la Iglesia[21].

El ejemplo universal de Santa Juana de Arco puede hacernos reflexionar sobre nuestro actuar en medio del mundo, para aportar lo mejor que Dios haya puesto en nuestra vida, es decir nuestras capacidades, cualidades y aptitudes.

Al hacer memoria de nuestro 195° aniversario patrio, y teniendo en cuenta el mandato misionero de Cristo de alcance universal, pues lo indica claramente a los Apóstoles y la primitiva comunidad cristiana: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”[22]. Comprendemos que la fuerza del Espíritu Santo va iluminando las conciencias y purificando los corazones, para que de esta forma las personas contribuyan a forjar sociedades sólidas en valores humanos y divinos[23], con la ayuda que propone la fe teologal, superando el poder del maligno, el poder de la iniquidad, que no deja de estar presente.

El Papa Francisco esto lo tiene claro y nos llama a ser constructores de puentes entre los hombres. Y más aún en la propia patria, en nuestro Perú, y así se proceda en cada país, en los cinco continentes. Por eso decía: “como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es la luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro «yo» aislado, hacia la más amplia comunión”[24], con el Dios Uno y trino.

Nos encontramos en el Año del Jubileo de la Misericordia y en vísperas del Cuarto Centenario de la muerte de Santa Rosa. Que Dios Padre, rico en misericordia, nos bendiga en Jesucristo, su Hijo Unigénito con el Espíritu Santo para cumplir tan nobles fines. Roguemos esta bendición siempre, para el Perú, para su sostenido y pleno desarrollo ¡Felices Fiestas Patrias!

Pbro. Eduardo Jesús Roller Chong

Prelatura de Juli

Puno-Perú

Fotografía proporcionada por Pbro. Eduardo Jesús Roller Chong (Prelatura de Juli).

[1] Cf. CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA SACRAE DISCIPLINAE LEGES en el Código de Derecho Canonico, EUNSA 2007, p. 53, 2° párrafo.

[2] RICARDO SADA-ALFONSO MONROY, Curso de Teología Moral, Palabra 1987, p. 158

[3] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Gaudium et spes, n. 14, Biblioteca de Autores Cristianos, 2012, p. 251. (A partir de ahora GS)

[4] Cf. GS n. 14

[5]  Jn 1, 14

[6] Jn 1, 11-12

[7] Cf. AUGUSTO SARMIENTO, TOMAS TRIGO, ENRIQUE MOLINA, Moral de la Persona, EUNSA 2006, p. 333; Jn 8, 31-32

[8] Mc 16, 15-16

[9] Cf. DECLARACIÓN DOMINUS IESUS, Congregación para la Doctrina de la Fe, Paulinas 2002, p. 5

[10] Cf. BENEDICTO XVI, Audiencia General sobre Santa Juana de Arco, 26 de enero de 2011, w2.vatican.va (A partir de ahora AGBXVI – SJA, 26.01.2011)

[11] Cf. AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[12] Cf. Ibidem.

[13] Cf. Ibidem.

[14] Cf. MARK TWAIN, Juana de Arco, Palabra 1989, p. 42.

[15] Cf. AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[16] CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 14, Biblioteca de Autores Cristianos, 2012, p. 510.

[17] Cf. AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[18] Cf. MARK TWAIN, Juana de Arco, Palabra 1989, p. 42; AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[19] Cf. AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[20] AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[21]Cf. AGBXVI – SJA, 26.01.2011

[22] Mc 16, 15

[23] Hch 1, 8

[24] FRANCISCO, Carta Encíclica Lumen Fidei, Paulinas 2013, n. 4, p. 6

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